| Caminos de la revolución latinoamericana |
| Fuente: visionesalternativas.com | |
| miércoles, 13 de febrero de 2008 | |
Completo (Partes I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX y X). Por Jorge Gómez Barata [Visiones Alternativas]. Parte I “Revolución es sentido del momento histórico…” (Fidel Castro) La lucha revolucionaria no puede depender de oportunidades fortuitas ni subordinar sus objetivos estratégicos a coyunturas más o menos circunstanciales, aunque debe ser suficientemente flexible como para percibir el momento en que determinadas tendencias objetivas se estabilizan, indicando la conveniencia de maniobrar. Empecinarse y no ser consecuente con esos fenómenos puede conducir al estancamiento y lo que es peor, a la derrota. En la década de los sesenta, cuando el imperio reaccionó con toda su fuerza y su furia contra la Revolución Cubana y su ejemplo y, en el entorno tercer mundista, especialmente latinoamericano, usó todo su poderío económico, político y militar, su capacidad para el sabotaje y el terrorismo y movilizó sus infinitas posibilidades para corromper y manipular, la lucha revolucionaria por vías electorales, en América Latina era esencialmente inviable. En aquella época, auspiciada por la experiencia cubana y la certeza de que otros caminos estaban cerrados, la lucha armada ofreció una opción. Entonces, al interior de la izquierda latinoamericana se abrió un debate en torno a la viabilidad de uno u otro método de lucha. Aquella coyuntura histórica coincidió con un momento de vigencia del dogmatismo promovido desde la Unión Soviética, que entonces ejercía una influencia hegemónica en el movimiento comunista internacional, era reciente la denuncia al stalinismo comenzada en 1956 que alimentó el conflicto chino soviético, fenómenos que en su conjunto y asociados al predominio de la ideología liberal, contribuyeron a la división de la izquierda internacional, que se reflejó muy negativamente sobre el movimiento de Liberación Nacional en América Latina. Entonces el imperialismo norteamericano acudió a todas sus armas para derrotar a Cuba de cualquier manera y a cualquier precio, trató de neutralizar el auge revolucionario en América Latina mediante la Alianza para el Progreso y, cerró filas con la oligarquía vernácula, llamando a la escena a sus reservas más confiables: los militares tradicionales convertidos en los dictadores que tomaron el mando en el Cono Sur. A pesar de reveces circunstanciales y excepto en la Nicaragua sandinista, los resultados de la lucha armada no se concretaron de modo directo, el debate político y los diferentes esfuerzos contribuyeron a la maduración de las fuerzas progresistas, evidenciada entre otros, en los procesos políticos desplegados por los gobiernos de Velasco Alvarado en Perú, Omar Torrijos en Panamá, Jaime Roldós en Ecuador, Juan José Torres en Bolivia, Maurice Bischop en Granada, Michael Manley en Jamaica y otros que ejemplifican el sentido progresista de los cambios políticos. El ejemplo limpio y legítimo del triunfo de Salvador Allende permitió otra mirada al panorama latinoamericano, así como la forma brutal como el fascismo y el imperio, con la complicidad de la reacción internacional, alertaron de su capacidad para complotarse con las oligarquías locales para frenar a las fuerzas progresista, aunque para ello tuvieran que acudir a métodos hitlerianos, implementados en nombre de la democracia por Kissinger y Nixon y tolerados por Europa que miró para otro lado. La represión de cada una de las dictaduras sudamericanas y el plan Cóndor rectoreado por la CIA y los Estados Unidos que globalizó la reacción a escala regional, no sólo costaron la vida a decenas de miles de patriotas, revolucionarios y hombres y mujeres progresistas del continente, sino que suprimieron físicamente a toda una generación revolucionaria. No obstante, el imperio no logró su objetivo y, aunque pagando un precio enorme, Cuba no fue aplastada y las tendencias más avanzadas del pensamiento y la práctica revolucionarias no sólo sobrevivieron sino que se consolidaron. Para los más jóvenes, es prudente recordar que la Revolución Bolivariana, los procesos políticos que llevaron al poder al Partido del Trabajo en Brasil, el retroceso del fascismo en Chile, el magnifico triunfo popular en Bolivia, los avances de las fuerzas progresistas en Ecuador, los adelantos frente al neoliberalismo en Argentina, el éxito de la izquierda unida en Uruguay, los pasos progresos en Paraguay, el retorno del Sandinismo al poder en Nicaragua y las perpesctivas de las fuerzas progresistas en Centroamérica, son parte de un proceso integral. Hay mucha tela por donde cortar y muchísimas razones para afirmar que el magnifico, aunque complejo panorama de hoy en cada país, es en parte un proceso conjunto, una obra de todos que todos deberíamos cuidar, proteger y hacer avanzar, sobre todo cuando se trata de criaturas que han nacido y comenzado su andadura histórica. Cuando la nueva y magnifica hornada de líderes latinoamericanos del momento, con matices y emociones personales aparte, reconocen en Fidel Castro, Che Guevara y la Revolución Cubana un antecedente, un estimulo, un magisterio y un motivo de inspiración, no sólo expresan merecidas simpatías hacía un líder y un proceso, sino que reflejan los contornos de una etapa histórica. Parte II La Revolución Bolivariana síntesis de un inédito fenómeno geopolítico Descontando el trauma de la conquista; de la independencia a la Revolución Cubana, América Latina acumuló una impresionante colección de frustraciones. Ninguna de sus naciones, algunas grandes y ricas, progresó lo suficiente para cruzar el umbral del desarrollo y ni siquiera la democracia liberal funcionó establemente en ellas. No se trata de que faltaran talento y disposición para el trabajo, espíritu de sacrifico ni consagración al deber; abundaron los líderes y siempre hubo razones y paradigmas pero, jamás se juntaron todos los factores necesarios para impulsar y equilibrar un esquema de progreso, desarrollo y gobernabilidad aceptable. El fracasó de la evolución hizo necesarias las revoluciones. Las revoluciones nunca son exclusivamente nacionales ni locales y sin excepción, de una u otra manera, todas necesitan del respaldo y la solidaridad que los revolucionarios no escatiman. Como es usual en los deportes de equipo, en los momentos decisivos, el conjunto apoya al jugador más adelantado, habilitando al mejor ubicado. En América Latina hoy esa posición la ocupan Venezuela y Chávez. La Revolución Bolivariana síntesis de un inédito fenómeno geopolítico, constituido por la única Nación que despliega una revolución sin apremios económicos y que suma a la capacidad de convocatoria de su proceso la disposición para desplegar con audacia y generosidad proyectos integracionistas y de colaboración, es ahora el fiel de la balanza, las coordenadas por donde pasan las mejores oportunidades, no sólo para Venezuela, sino para Sudamérica, América Latina y parte del Tercer Mundo. En los anales de las luchas sociales y revolucionarias abundan los momentos en los que una vanguardia ha sacrificado, aplazado o depuesto objetivos nacionales, aspiraciones locales, incurridos en riegos o adquirido compromisos en aras de apoyar a otros, favorecer a un aliado o beneficiar al movimiento en su conjunto. De esos hechos los más cercanos y conocidos son los que involucran a la revolución cubana. Cuando se trata de procesos políticos de largo aliento, como los que ahora tienen lugar en Sudamérica, esa coherencia no requiere de peticiones o acuerdos puntuales, sino que se forma con la naturalidad de lo obvio, como si dijéramos, de oficio. Eso explica que enfoques y diferencias aparte, personalidades como Fidel Castro, Lula, Kirchner, Evo, Tabaré y otros líderes políticos a los que se suman intelectuales, académicos, hombres de ciencia, artistas y luchadores sociales, respalden decisivamente e incluso se sumen a los proyectos integracionistas, las posiciones políticas, las acciones puntuales y las esencias de la Revolución Bolivariana. Las circunstancias políticas de la región, formada no sólo por las realizaciones y los avances, sino también por los desafíos y los riesgos y no sólo motivos sentimentales y humanitarios, explican el unánime y decidido apoyo que recibió la gestión humanitaria asociada con las personas retenidas en Colombia. Para los gobiernos avanzados de la región fue obvio que determinadas circunstancias, entre ellas la petición de los familiares, colocaron al presidente Chávez ante una tarea de enorme complejidad y riesgos de seguridad, pero que significaba una posibilidad para avanzar en el empeño por desactivar un problema que por su naturaleza militar y sus implicaciones externas, obstaculiza los procesos políticos y la integración en la región y posee potencial para afectar la seguridad y la estabilidad en una región envuelta en una coyuntura a la vez que histórica, sumamente delicada y peligrosa. El eterno conflicto armado en Colombia, estancado en unas tablas virtuales y que hace tiempo trascendió los límites de un contencioso civil de escala local que, con el involucramiento directo y masivo de los Estados Unidos que provee apoyo económico, logístico, de inteligencia y operativo, se ha transformado en un elemento que afecta la seguridad de toda la región, en especial a los procesos políticos más avanzados. El hecho de que se libren operaciones militares en las inmediaciones de la extensa frontera entre Venezuela y Colombia y haya presencia norteamericana en la zona, crea premisas y riesgos para provocaciones del imperialismo, incluso al margen del gobierno colombiano. Las constantes apelaciones de Chávez a la paz, no obedecen sólo a los deseos universales de convivencia que todos los hombres de buena voluntad comparten, sino que es un llamado urgente y que requiere de una respuesta política madura. Es obvio que Chávez no está apelando a la buena fe del imperio ni a la oligarquía colombiana, sino a los revolucionarios y patriotas colombianos. Ojalá sea escuchado. Parte III Una nueva etapa de la larga marcha hacia el triunfo popular En los años sesenta el pensamiento político latinoamericano fue estremecido como por un terremoto: era la Revolución Cubana; una nueva experiencia y un liderazgo joven que debutaba por el inexplorado camino de la lucha armada y que, incluso antes de proclamarse socialista, era portador de un modelo diferente. Entonces como ahora, la liberación nacional y la derrota de la oligarquía eran alternativas avanzadas. Nunca se había asistido a un fenómeno semejante. Para muchos era una excepción irrepetible, para otros un signo de nuevos tiempos, algunos la consideraban una anomalía y otros un escándalo. Los más sorprendidos y beligerantes fueron los propios revolucionarios. Inmediatamente se abrió debate, que no obstante reflejar profundas diferencias e incluso contradicciones, no tuvo efectos paralizantes. Tanto los que optaban por la vía armada como quienes creían en los métodos tradicionales de la lucha de masas y otros que confiaban en la vía electoral, siguieron luchando. Fidel Castro trasladó al ámbito latinoamericano y tercer mundista la vocación unitaria que ejerció en Cuba y, a pesar de ser un innovador, actúo como promotor del consenso. A diferencia de otros actores políticos, los partidarios de la lucha armada en ámbitos rurales, no descartaron otras formas de lucha. De diferentes formas los pueblos, las organizaciones populares y de clases y los líderes, la juventud ilustrada, los militares progresistas, elementos del clero y de la academia, sensibilizados con las causas populares, intentaron luchar. La variedad y la discusión contribuyeron a la maduración de un pensamiento político, a la larga renovador y plural. Donde no hubo matices fue en la reacción interna y externa convertida en una y la misma cosa que, conducida por Estados Unidos respondió en toda la línea y en todos los escenarios. Para aquellas fuerzas, no sólo Cuba era inaceptable, también lo eran los gobiernos de Joao Goulart, (1961) Velasco Alvarado (1968), Omar Torrijos (1968), Roldós, (1979) Estados Unidos tomó el mando, organizó la contrainsurgencia, recibió militares en sus escuelas y envío asesores para organizar la represión y la tortura. Los jóvenes guerrilleros y los luchadores urbanos, en ocasiones abandonados por las estructuras políticas tradicionales, no resistieron el empuje de fuerzas infinitamente superiores que contaban con todos los recursos de hombres, armas, logística e inteligencia. El imperio y las oligarquías no repararon en destruir las frágiles estructuras democráticas e instalar en el poder a nuevos dictadores. En un ambiente de enormes tensiones, el talento, la coherencia y el prestigio de Salvador Allende obró el milagro de unir a la izquierda chilena y concitar el respaldo popular para hacer avanzar un proyecto popular, modernizador, desarrollista y esencialmente socialista. Médico y hombre de paz, Allende soñó con lograr avances socialistas sin, como ocurría en algunos países europeos, abandonar los cánones democráticos. En 1970 llegó al poder pero no pudo consolidar la victoria; no sólo porque en su camino se atravesó Pinochet, sino porque lo hicieron Nixon y Kissinger. Como para dar coherencia a la estrategia de la reacción, los dictadores produjeron el único movimiento integracionista que de ellos podía esperarse: el Plan Cóndor. Los muertos y encarcelados, los desparecidos y los exiliados, en número de decenas de miles, eran las élites que hubieran podido hacer avanzar sus países. Los opresores no vacilaron en exterminar a toda una generación revolucionaria. En sociedades descabezadas no fue difícil imponer los esquemas neoliberales, destruir el sector público, debilitar el movimiento obrero y la sociedad civil y dispersar los remanentes de las fuerzas revolucionarias. El imperio y las oligarquías subestimaron la enorme capacidad y las reservas morales de los pueblos y tampoco se percataron de que los procesos socioeconómicos tiene una marcha inexorable, un signo que puede ser administrado mas no omitido. El peronismo encontró fuerzas y razones y de sus maltrechas filas extrajo los líderes para confrontar el entreguismo de Menem, enfrentar la crisis y enderezar el país, Brasil votó por el Partido del Trabajo y Uruguay por el Frente Amplio; no obstante, la vida política estaba ralentizada. Todo cambió cuando en 1999 llegó el Comandante y mandó a parar, esta vez no era Fidel Castro, sino Hugo Chávez, que inició una segunda revolución en la misma generación a la que los procesos encabezados por Evo Morales y Rafael Correa confieren dimensiones continentales. Con los procesos políticos en Venezuela, Bolivia y Ecuador, el crecimiento de los movimientos sociales y con ellos el protagonismo de la sociedad civil, la negativa de amplios sectores populares mexicanos a aceptar el secuestro de su voluntad expresado en el despojo de que fue objeto López Obrador y otros acontecimientos, forman una nueva etapa de la larga marcha de la revolución latinoamericana. Parte IV Las revoluciones no son hechos sino procesos Entender los fenómenos sociales desde una perspectiva científica requiere adoptar una metodología y ser consecuente con ella. Desde mí punto de vista el marxismo es la mejor, no es químicamente pura, no es la única ni es incompatible con otras. En este terreno, como afirma el profesor Nicolás Ríos: “La verdad es mezcla”. (1) Para Carlos Marx la revolución no es un accidente, sino un elemento del devenir histórico, un producto del desarrollo y no del estancamiento, un hecho positivo y no una tragedia; exactamente un proceso capaz de caracterizar a toda una época histórica que, en los países más desarrollados, avanzaría más o menos simultáneamente, hacía una especie de socialización y, sobre la base de la elevación de la productividad del trabajo, haría posible una más equitativa distribución de la riqueza social. Aunque la izquierda más ortodoxa no lo admita, al mezclarse con la democracia liberal, con el progreso cultural y con el crecimiento de la sociedad en todos sus aspectos, en algunos lugares ha ocurrido más o menos así, cosa que dado su reducida escala es irrelevante. El hecho de que en algunos países nórdicos, en media docena de naciones de Europa occidental y en los Estados Unidos se registren impresionantes avances en el nivel de vida y se apliquen políticas sociales de inspiración socialista, no concede validez a un punto de vista que trata de sustentar regularidades que intentan respaldar la historia en su conjunto. No es que Marx y otros sabios se equivocaran, sino de que ciertos eventos, en gran medida fortuitos, torcieron el rumbo de la historia y alteraron la lógica del desenvolvimiento de la formación económico y social capitalista; el principalmente las condiciones en que tuvieron lugar el descubrimiento de América, la conquista, la colonización, la trata de esclavos y los sucesivos repartos territoriales del mundo, procesos históricos que sirvieron de base para la formación del mercado internacional y la mundialización del sistema. No es que en Asia, Africa y América Latina el capitalismo haya fracasado, sino que no llegó a desplegarse. Como resultado de una paradoja perfecta la anarquía propia del sistema actuó contra si mismo. Tal vez esos fenómenos que cambiaron el rumbo de la historia explican la necesidad de las revoluciones sociales, no en los países altamente desarrollados donde la evolución funcionó, sino donde no le permitieron hacerlo. Las grandes revoluciones sociales del siglo XX sólo ocurren allí donde son necesarias, exactamente en el Tercer Mundo, México, Rusia, Cuba y Venezuela son otras tantas paradas de un proceso global. Las revoluciones no son hechos sino procesos; nunca son exclusivamente locales, no pueden asumirse como puntos de llegada, sino de partida, no son destinos sino caminos; no comienzan y terminan sino que se renuevan constantemente, incluso cuando parecen desmentirse. La Revolución Bolivariana se emparenta con la cubana, como ésta lo hace con la mexicana y todas con la de octubre de 1917 y también, por multitud de vasos comunicantes, con la norteamericana y la haitiana. Las revoluciones no son ajenas a otras realidades que las mediatizan, las aceleran o ralentizan ni a las fuerzas humanas que pueden radicalizarlas, paralizarlas o enrutarlas por caminos que naturalmente no hubieran sido los suyos. La historia, incluyendo la de las revoluciones no es una línea recta y ascensional, sino un zigzag, una suma de avances y retrocesos, de batallas que se ganan y se pierden y, en cualquier caso, hechura de hombres que otros congéneres, movidos por otros intereses obstaculizan. Quien pretenda entender la Revolución Cubana o la Bolivariana como hechos aislados se equivocan tanto como quien trate de concebirlas dependiendo una de otra. Se trata de un tronco común que se reproduce tanto en los retoños que crecen más de prisa y los que maduran lentamente, en los que florecen e incluso en aquellos que se secan. Todo forma parte de un tejido complejo, movido al ritmo de aquello que Hegel y Marx llamaron dialéctica. La revolución latinoamericana que tal vez comenzó con José Martí, que vivió lo suficiente para unir en un solo empeño la lucha por la independencia con la liberación nacional y el antiimperialismo, esfuerzo regido por el liberalismo más puro, continuó en el México de Zapata y Villa, se elevó, difundió y consolidó bajo la conducción de Fidel Castro y hoy vive un momento magnifico en el Cono Sur y en Centroamérica. De ese proceso histórico, que no ocurre al margen de los líderes, pero que ningún sátrapa puede impedir, forman parte los radicales y los reformistas, los audaces y los conservadores, los creyentes, los agnósticos y los ateos, los marxistas y los liberales y todos los que honradamente se comprometen con luchar por el porvenir de sus pueblos. Las ideas políticas más avanzadas son las pertinentes y los métodos de lucha idóneos son aquellos que los pueblos apoyan. En la Declaración de La Habana, es imposible encontrar una exclusión. Retar a la oligarquía y al dominio imperial, confrontar al neoliberalismo y auspiciar el progreso con inclusión de las mayorías y justicia social y ser solidario con otros procesos, sin sectarismos absurdos y sin convertir en tema de debate los enfoques particulares y los estilos que diferentes líderes, incorporan a cada proceso y al movimiento en su conjunto, son parte de las tareas revolucionarias del momento. La Revolución Bolivariana no creó el escenario político existente en la América Latina de hoy, sino al revés, con la particularidad de contar con un liderazgo capaz de percibir el signo de los tiempos, sumarse a las tendencias dominantes en el desarrollo histórico y poner sus magníficos recursos materiales y políticos en función del proceso revolucionario en su conjunto. Chávez aporta al proceso histórico, porque viene de él y con él se identifica. Cuando se acusa a Chávez de usar el petróleo como arma revolucionaria, en realidad se le elogia; exactamente lo mismo hace Cuba con sus médicos y sus maestros, porque enseñar y curar, lo mismo que combatir la pobreza, el racismo y la exclusión, son tareas revolucionarias. En su tiempo lo hizo la Unión Soviética con sus recursos; cosa que, dicho sea de paso, no es muy diferente de cómo, en su momento actuaron los presidentes norteamericanos Wilson, Harding y Coolidge al condonar las deudas adquiridas por Europa en la Primera Guerra Mundial y Truman e Eisenhower al bendecir el Plan Marshall. Lo diferente fue el signo y el destino de los bienes y por supuesto, los beneficiarios. Nota: 1) Nicolás Ríos. Periodista cubano de limpia y nunca desmentida trayectoria profesional en la patria y la emigración. En su juventud activista en el movimiento estudiantil en la Universidad de La Habana de la que luego fue profesor. Participó activamente en la lucha contra la dictadura de Batista, dirigente de organizaciones católicas laicas, uno de los fundadores del partido Liberación Radical, primer partido político cubano de inspiración cristiana, director de la revista Contrapunto editada en Miami. Uno de los promotores de los seminarios sobre Democracia Participativa celebrado en Cuba en la década de los noventa. Emigró de Cuba, se radicó en España y luego en Miami. Parte V Se debe ser «marxista» como se es «newtoniano» en física, o «pasteuriano» en biología... Excepto los preceptos teóricos y metodológicos incorporados a la sociología y a las ciencias sociales y que forman parte del patrimonio científico universal, el marxismo, es decir la parte de la obra de Carlos Marx asociada al proceso histórico concreto, a la lucha de clases, a la revolución social y el comunismo, yace bajo una montaña de: ignorancia, interpretaciones torcidas, manipulaciones, falsificaciones, dogmas, conclusiones erróneas y por las ruinas de lo que fueron la Unión Soviética, el campo socialista europeo y el movimiento comunista internacional. Antes ni después de Marx, un científico tuvo que soportar el ataque de todos los gobiernos y la reacción europea que, ni siquiera cuando la Iglesia asoció la innovación cientifica a la herejía, trabajaron con tanta vehemencia para aniquilar una doctrina. Desde la Europa desarrollada, el anticomunismo avanzó como un sumami, dando lugar a la más grande cruzada ideológica de todos los tiempos. La burguesía, renovadora en materia económica, políticamente plural y liberal en asuntos religiosos y morales, fue fanática y fundamentalista frente al marxismo y cargo contra sus promotores. León XIII, el Papa contemporáneo con Marx, percatado del peligro escribió la más importante encíclica social de la Iglesia: Rerum Novarum, (De las Cosas Nuevas) y puso al servicio de la represión del pensamiento, la capacidad de la Iglesia y de la fe. En 100 años el anticomunismo movilizó más adeptos que el cristianismo, el Islam y el budismo en dos milenios. Después de que sin proponerlo, en la más difícil coyuntura que afrontó la humanidad, Roosevelt y Churchill probaran que se podía coexistir y colaborar con el comunismo, bajo el gobierno de Truman, Estados Unidos convirtió el anticomunismo en política oficial y razón de Estado y en nombre de la defensa del “mundo libre”, se declaró dispuesto a hacer desaparecer el planeta. No obstante, nada pudo impedir que aquellas ideas, maltratadas y demonizadas, anidaran en importantes sectores de la clase obrera de Europa, donde en el siglo XX existieron partidos comunistas que obtenían millones de votos y fueron eje de sucesos como la Revolución Bolchevique, la Revolución China y de la lucha de liberación nacional en Vietnam y Corea. Soportando todos los avatares, incluso los errores de sus partidarios, durante 150 años el pensamiento de Marx acompañó y sustentó ideológicamente luchas obreras y movilizaciones campesinas en todo el mundo. Como en desagravio por tanta ira desplegada contra él, nunca un pensador fue seguido con tal fidelidad. Después de los cristianos, los comunistas fueron las únicas criaturas que padecían y morían por sus ideas. El propio Marx que nunca empuño un arma, no conspiró ni arengó a una multitud, fue expulsado de Prusia, su país natal, prohibiéndosele vivir en más de la mitad de Europa. La popularidad del marxismo se debió a que fue convincente como alternativa ideológica a un régimen que como el capitalismo salvaje del siglo XIX era intolerable y a la calidad de sus argumentos, fundados no en inconformidad política, sino en la racionalidad de la ciencia. Por una extraña paradoja, el anticomunismo triunfó sin haber producido un solo argumento científico y sin haber aportado la más mínima prueba de la certeza de sus primitivos y epidérmicos postulados. Salvar a Marx o reivindicarlo doctrinariamente no es la tarea del momento, como no lo es enredarse en erosivos debates doctrinarios en defensa de tesis que aunque validas, no forman parte de la actualidad. Carlos Marx no necesita ser rescatado pues forma parte del acervo cultural de la humanidad, no por haber auspiciado un movimiento político, cosa que nunca hizo, sino por haber descubierto las leyes del desarrollo histórico que hacen inevitable al progreso y perecedero a los regimenes fundados en la explotación. Percatado de tales evidencias, en fecha tan temprana como 1960, Che Guevara escribió: “Hay verdades tan evidentes…que ya es inútil discutirlas. Se debe ser «marxista» con la misma naturalidad con que se es «newtoniano» en física, o «pasteuriano» en biología…” Lo que necesita el movimiento revolucionario latinoamericano no es una doctrina acerca de cómo edificar un sistema político ni recetas abstractas llegadas del más allá sino un firme referente teórico que, con la certeza de la ciencia indique los prolegómenos del proceso. Cuando se trabaje por el desarrollo, se gobierne para las mayorías y se consiga su bienestar, la democracia genuina florezca en un ambiente de paz social y se logré un régimen de plenas libertades, Marx aparecerá con la misma naturalidad conque aparecen Newton o Pasteur cada vez que un estudiante o investigador resuelve correctamente un enigma de la física o la biología. Parte VI La Revolución Cubana En 1959 Fidel Castro rompió la monotonía de la Guerra Fría. Al conflicto Este-Oeste le entró una piedra en el zapato: fue la Revolución Cubana, que produjo un impacto desproporcionado con el tamaño y los recursos de la Isla. Cuando parecía que el destino del mundo era dictado por las superpotencias del momento; América Latina permanecía atada a un antediluviano esquema político oligárquico y los estados afroasiáticos, surgidos de la descolonización, eran atrapados por la maquinaria del neocolonialismo, un hecho ocurrido en los confines del Caribe, cambió las reglas del juego. La Revolución Cubana fue un fenómeno cultural, no sólo en materia de instrucción popular y desarrollo del arte y la literatura, sino en términos de cultura política, especialmente porque ofreció una alternativa viable, indicó la liberación nacional como un camino, propuso un método y adoptó el socialismo como sistema político. No era una receta, sino un paradigma. Antes que indomable, Cuba resultó impredecible y su respuesta vino de donde no se esperaba. Sucedió lo que el imperio más temía y para lo que no estaba preparado: el socialismo debutó en su traspatio y se aproximó a sus costas; América Latina se levantó en armas. El debate provocado por el triunfo revolucionario en Cuba se apartó de los caminos trillados y de los límites impuestos por las elites intelectuales y las castas dominantes. No se circunscribió a los manidos temas de la democracia formal, sino que se concentró en la elección de los caminos, la formación de las vanguardias y los métodos de luchas. No fue un ejercicio académico o exclusivamente teórico, sino de un proceso que involucró a la práctica política en forma de una revolución continental. La Revolución Cubana no inventó la lucha guerrillera que había sido empleada por los pueblos contra la dominación romana, por los colonos norteamericanos contra las tropas inglesas, los españoles contra Napoleón y todos los luchadores por la independencia de Iberoamerica contra España, estuvo presente en la Revolución Mexicana y fue la táctica preferida y eficaz de Sandino. La respuesta de Estados Unidos fue brutal, aunque ineficaz. A pesar de movilizarse y movilizar a sus aliados y satélites, promover la emigración de una clase social completa y de la intelectualidad liberal, implantar el bloqueo, montar una gigantesca estación de la CIA en Miami, adquirir plantas de radio, practicar el aislamiento y organizar la invasión de Bahía de Cochinos. No pudo derrotar a Cuba. La revolución no permitió que el imperio aplicara la formula de “ahogarla en su cuna”. En un abrir y cerrar de ojos, las selvas, los paramos y las montañas del continente se convirtieron en la Sierra Maestra de América. Donde no había selvas ni montañas prosperó la guerrilla urbana y nadie descartó las formas de lucha tradicionales. El imperio estaba asustado y la Unión Soviética perpleja. Cuba no fue subversiva porque exportara su revolución, sino porque puso a disposición de los demás un ejemplo y mostró un camino y, sin detenerse en el umbral de su éxito, avanzó en todas direcciones, el Tercer Mundo se convirtió en su escenario y tomó la iniciativa presentando credenciales cuando despachó tropas a Argelia y médicos adonde quiera, se involucró en el Movimiento No Alineado, fundó la Tricontinental y creó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). El imperio no se dio por vencido; el presidente John F. Kennedy comprendió una verdad de perogrullo: América Latina estaba madura para el cambio que era inevitable y Cuba no era la causa sino el catalizador. La rebelión y la revolución eran inminentes. Era imposible evitarla, pero podían intentar administrarla. El joven presidente católico eligió la zanahoria e impulsó la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz. Era tarde, se había destapado la Caja de Pandora. Kennedy fue asesinado y la administración de Johnson entró de marcha atrás. Las oligarquías temblaron y los fabulosos ejércitos armados con la chatarra desechada por los yanquis, fueron impotentes. Estados Unidos tuvo que intervenir directamente y tomar en sus manos la lucha contra la insurgencia y cuando se percató del peligro auspició las dictaduras. En Centro y Sudamérica, entre asesinados, detenidos, desaparecidos y exiliados, contados por cientos de miles, se eliminó a una generación completa de patriotas, revolucionarios y partidarios de las reformas, entre ellos a las vanguardias. La matanza fue un paliativo que desaceleró el avance revolucionario pero no suprimió sus causas. Hubo un reflujo que permitió al imperio asesinar a Allende, desplegar en Centroamérica la más sucia de las guerras y acabar con la insurgencia armada en El Salvador y Guatemala y, mediante un terrorismo masivo, empujar a las masas nicaragüenses a votar contra el sandinismo. El júbilo duró poco. Estados Unidos lo supo desde siempre: la revolución latinoamericana no sería derrotada mientras Cuba existiera. Lejos de cancelarse por los reveces circunstanciales ni hundirse con la Unión Soviética y el campo socialista europeo; cuando muchos optaban por darle la razón a Fukuyama, el debate fue relanzado y enriquecido, no sólo por la capacidad de Cuba para sobrevivir, sino por la apertura de los capítulos venezolano, boliviano, ecuatoriano, uruguayo, brasileño, argentino y centroamericano de la Revolución Latinoamericana. Parte VII “La vía Pacifica” En el debate en torno a la revolución, en los años sesenta y setenta, hubo dos frentes: los que estimaban que era posible tomar el poder por vía electoral y aquellos que defendían la lucha armada. El otro partido no presentaba alternativa. No importa como los revolucionarios y los patriotas lo intentaran, la burguesía respondería con la violencia. Ningún ejemplo mejor que el de Chile. Los revolucionarios pueden o no creer en la vía pacifica, quienes no creen son la oligarquía y el imperialismo. Siempre que se abría la discusión, Chile se presentaba y se admitía como una excepción, no porque la oligarquía y el ejército chileno tuvieran limpio sus expedientes, sino por la fuerza que allí habían adquirido los partidos no oligárquicos, entre ellos los demócratas cristianos, socialdemócratas, socialistas y los comunistas, pero sobre todo por el enorme prestigio de Salvador Allende y el reconocimiento de su capacidad de convocatoria. En Chile como en Argentina y Uruguay y en cierta medida México y Brasil, como consecuencia del auge económico asociado a las guerras mundiales, creció una pseudo burguesía nativa que, aunque cooptada por su dependencia al capital extranjero, al yuxtaponerse con el sector académico, los profesionales y la intelectualidad creadora, todos con cierta presencia en la prensa y los medios de difusión, daban lugar a una clase media de perfil liberal que confería aires de modernidad política. Aquellos ambientes se asociaron a procesos como la Revolución Mexicana y el peronismo, que proyectaban sobre la realidad sus luces y sus sombras, como mismo ocurría con sucesos políticos como el APRA en Perú. A todo ello se suma que durante la II Guerra Mundial, al aliarse con Estados Unidos y Gran Bretaña y formar parte del núcleo de la coalición antifascista mundial, la Unión Soviética promovió la integración de los comunistas a los frentes populares, alianzas que permitieron a los marxistas alternar con ciertas elites políticas y recibir de ellas algunas influencias. No obstante, la Guerra Fría, allí donde convenía a la oligarquía, aquel esquema conservaba alguna vigencia. Aquellos ambientes, epidérmicos y exclusivamente capitalinos, ocultaban con un manto de gobernabilidad democrática, basado en la celebración de elecciones y en la alternancia de partidos y figuras tradicionales, las terribles realidades de la dependencia, la pobreza y la explotación, la ignorancia y el desamparo de las mayorías, creando una ilusión óptica que confundía y hacía creer a muchos que era posible alcanzar el poder por la vías políticas tradicionales y usarlo para transformar la sociedad. En teoría se especulaba incluso un transito pacifico al socialismo. Con Kennedy al frente de la administración norteamericana se abrió paso un punto de vista relativamente sofisticado que, sin prescindir de la CIA, de la violencia y de las acciones encubiertas, promovió acciones como la Alianza para el Progreso, a la vez que apretaba el dogal para ahogar a Cuba. El ambiente revolucionario que en toda América Latina siguió al triunfo de la Revolución Cubana y el fecundo debate político que originó y que no era exclusivamente teórico, sino que conllevaba a la acción y que espontáneamente combinaba todas las formas de lucha y de proselitismo, fue demasiado para las oligarquías que cerraron filas, entregaron las riendas a los Estados Unidos y prefirieron renunciar a los afeites democráticos antes que arriesgar sus privilegios. Al caer las máscaras apareció el rostro terrible de la dictadura de la derecha que no se avergüenza de su radicalismo fascista y que a diferencia de los dictadores primitivos que se conformaban con decapitar el movimiento opositor, trabajan para extirpar de raíz el mal. Para el fascismo latinoamericano que no fue sólo el de Pinochet, el enemigo era el pensamiento crítico y la ilustración y toda presunta alternativa era subversiva. Para ellos no era suficiente reprimir; como Hitler, necesitaban una “solución final”, que fue la operación de exterminio de las vanguardias y las élites políticamente avanzada bajo el Plan Cóndor. Los tiempos han cambiado, mas no cambiaron solos ni espontáneamente. Los cambiaron los revolucionarios y los luchadores, que no sobrevivieron para ver los días magníficos que fecundaron con su consagración y con su sangre. Ha surgido una nueva realidad en la que nuevas experiencias revolucionarias y progresistas se abren paso, conjugándose las unas con las otras como ocurre en Sudamérica. Obviamente el transito pacifico puede existir, pero hay que imponérselo a la oligarquía y al imperio que son natural y esencialmente violentos. PARTE VIII Legitimidad de la lucha armada “No es en el credo comunista ni en el ideal anarquista, sino en el derecho basado en las doctrinas liberales, donde se sostiene que la justicia prevalece sobre la ley, entre otras cosas porque existen leyes injustas, frente a las cuales la rebelión es legítima, hecho que convierte a las revoluciones en fuente de Derecho.” En la década de los sesenta, cuando más intenso era el debate en torno a la lucha armada y en América Latina se discutía profusamente acerca de la viabilidad del método, nunca se puso en duda su legitimidad. Ser guerrillero era calificado de peligroso, romántico o errado, nunca como impopular ni ilegitimo. Ello se explica por las tradiciones de lucha en Latinoamérica donde la independencia fue conquistada con las armas, por la evocación de episodios como la Revolución Mexicana y la lucha de Sandino y más recientemente por la Revolución Cubana, donde la lucha de liberación, a pesar de su intensidad y de desplegarse tanto en las montañas como en los ambientes urbanos, fue lo más parecido a la guerra “generosa y breve” por la que abogó Martí. Tan limpia y caballerosa fue la lucha armada conducida por Fidel Castro que al terminar la guerra apenas quedaron cicatrices en la sociedad cubana. Con mínimos de radicalismo y mediante tribunales se castigó a los culpables de crímenes de guerra, aunque algunos fueron fusilados. Los revolucionarios fueron generosos en la victoria. No hubo venganzas personales ni ajuste de cuentas, nadie aplicó la justicia por su mano y no hicieron falta leyes de punto final ni se consagró la obediencia debida como licencia para matar. En ejercicios docentes, cuando es preciso ejemplificar acerca de la legitimidad de la revolución, siempre regreso a la lección contenida en el alegato de Fidel Castro, cuando al ser juzgado por el asalto al cuartel Moncada hizo trizas la argumentación del fiscal que lo acusó de atentar contra los poderes del Estado legítimamente constituidos, a lo que el reo respondió con una lúcida argumentación acerca de la pertinencia de la rebelión contra la ilegalidad, la injusticia y la explotación. La legitimidad formal de los gobiernos oligárquicos dependientes, explotadores y traidores a los genuinos intereses nacionales, se autoafirma mediante actos jurídicos elaborados por los mismos que detentan el poder y lo usan para su exclusivo beneficio. Eso explica por qué reaccionan de modo visceral cuando, como ocurre en Venezuela, Bolivia y Ecuador, se plantea la necesidad de reformas profundas a las respectivas constituciones nacionales. No es en el credo comunista ni en el ideal anarquista, sino en el derecho basado en las doctrinas liberales, donde se sostiene que la justicia prevalece sobre la ley, entre otras cosas porque existen leyes injustas, frente a las cuales la rebelión es legítima, hecho que convierte a las revoluciones en fuente de Derecho. Salvando todas las distancias y sin forzar comparaciones; quienes escudándose en la hoja de parra de una legalidad torcida, intentan deslegitimar la lucha armada en América Latina, debieran recordar que, en su tiempo, los fundadores de la Nación Norteamericana y los revolucionarios franceses, como más recientemente Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela, fueron considerados transgresores de las leyes por desafiar las legislaciones y el poder establecido por las castas dominantes, los colonialistas y los racistas. El debate planteado hoy en Colombia en torno a la lucha armada, el paramilitarismo y la represión, de muchas maneras afecta al resto de Sudamérica, especialmente a la seguridad de los países limítrofes, entre otras cosas porque provee la excusa para el armamentismo, las operaciones militares, la injerencia y la presencia norteamericana amparada en el Plan Colombia. A los fenómenos objetivos, derivados de una lucha armada prolongada y al sufrimiento humano que toda guerra significa, en Colombia se suman la corrupción entronizada en todos los escenarios por la presencia y la actividad criminal de las fuerzas paramilitares, los cultivos ilícitos y el narcotráfico, la represión y los abusos contra la población campesina y el empleo por los contendientes de tácticas erróneas y censurables como son la toma de rehenes civiles. Si bien, no hay manera de evitar que en medio de las tensiones de la lucha armada y en coyunturas de alto riesgo, se apele a la violencia excesiva o se realicen acciones que no se corresponden con la filosofía de la lucha; se trata de tácticas que pueden ser rectificadas. Siendo fiel a sus orígenes y a su programa de liberación nacional, que obviamente necesita sumar adeptos y ampliar las bases de apoyo popular, las FARC que recientemente se mostraron receptivas y unilateralmente liberaron a varios rehenes y parecen haber descontinuado aquellas tácticas, pudieran avanzar y restar argumentos a sus enemigos, impedir la manipulación de su actividad y restablecer su imagen afectada, no sólo por esfuerzos fallidos y errores, sino sobre todo por la intensa y masiva campaña mediática contra ellas. En Colombia no se trata de un conflicto sino de varios que se solapan y que, al margen de que se manifiesten en los mismos escenarios y al mismo tiempo, son diferentes y cada uno debe ser considerado como una entidad. La lucha armada contra la opresión y por la liberación nacional es un recurso al que los pueblos y sus vanguardias han acudido a lo largo de siglos y que ha producido transformaciones que constituyen paradigmas del derecho de los pueblos a revelarse contra la injusticia y reivindicar sus verdaderos intereses y anhelos, cometido estratégico que no debiera ser comprometido por la aplicación de tácticas prescindibles. La lucha armada en Colombia es legítima, lo que no significa que lo sea todo cuanto hagan los guerrilleros y, apreciada históricamente, cualquiera que sea su desenlace, por su origen popular, sus metas y la transparencia original, es un fenómeno que tiene su propia entidad y cuya legitimidad puede ser reivindicada no sólo a la luz de la política, sino también del derecho de los pueblos a rebelarse contra la injusticia y la opresión. PARTE IX Es así como se hace la historia y no de ninguna otra manera La reflexión de Francis Fukuyama respecto a que con la derrota del modelo socialista instaurado en la Unión Soviética y Europa Oriental se había completado un ciclo histórico, llegando a lo que comparó con el “fin de la historia”, fue una invitación a la rendición incondicional. El proceso de crisis de la izquierda tradicional, la desaparición de los grandes partidos comunistas y socialistas y de todo un sistema de organizaciones internacionales y la desmoralización de los referentes teóricos que fueron declarados obsoletos, pareció confirmar las peores aristas de aquella tesis. Entre otras cosas, eso explica el auge del neoliberalismo exportado desde Europa y los Estados Unidos hacía el Tercer Mundo, incluso implantado allí para terminar con las conquistas obreras y sociales, que dieron lugar a los estados de bienestar. La idea de Fukuyama resultaba esencialmente desmovilizadora porque, según la experiencia asumida como clásica, el capitalismo es un régimen que no necesita ser construido, sino que basta con dejar actuar a las fuerzas del mercado. El intento de popularizar aquel punto de vista, tuvo el objetivo de coronar el éxito político obtenido por la suma de circunstancias que condujeron al fin de la Unión Soviética y del socialismo real, con una victoria ideológica que hiciera irreversible aquel cambio y suprimiera de una vez y para siempre la versión alternativo en que, hasta ese momento, se había sustentado la actividad de la izquierda que, con diversos grados de radicalismo, optaba por el socialismo. De haberse impuesto a escala universal la teoría que atribuye el éxito económico y social e incluso la estabilidad política alcanzada por los países altamente desarrollados a la aplicación descarnada de los preceptos neoliberales, a los países del Tercer Mundo no les quedaba otra alternativa que resignarse eternamente a sus terribles condiciones de dependencia, pobreza y explotación. Cuando la lucha carece de metas, luchar no tiene sentido. Afortunadamente, en virtud del proceso político endógeno que, sobre todo en Sudamérica y México, transitó por experiencias nacionalistas que, aunque con limitaciones, reivindicaron el papel del Estado como agente impulsor del desarrollo nacional y gracias a la maduración de las fuerzas políticas y la sociedad civil en Latinoamérica a partir de la Revolución Cubana y del estrepitoso fracaso de la opción neoliberal, aquellas tesis fueron refutadas. Los que apostaron a que la crisis de la izquierda internacional significaría el manso acatamiento del esquema neoliberal promovido por el imperio como parte del proceso de construcción de la hegemonía en el mundo unipolar, se equivocaron al subestimar el calado y la densidad del proceso político latinoamericano en los últimos cincuenta años. Cuba, su reivindicación de la opción socialista y su capacidad de sobrevivir, el debate político en torno a la viabilidad de la revolución, la lucha armada y la experiencia impulsada por Salvador Allende, los sandinistas y los zapatistas, la lucha y la resistencia contra las dictaduras, la decantación de sectores militares patrióticos que en Perú y Panamá impulsaron los procesos políticos, el respaldo del clero de base e incluso de elementos de la jerarquía católica a las luchas populares, la acrecida actividad de los movimientos sociales y las experiencias alcanzadas en la lucha electoral, forman los fundamentos en que se apoyan las tendencias actuales. Del mismo modo que nadie pudiera atribuirse la paternidad por el vasto movimiento político de signo positivo que actualmente se despliega en el continente, tampoco debe subestimarse ningún aporte. Los caminos por los que ahora transita la revolución latinoamericana no se hicieron solos ni espontáneamente, sino que con su andar, sus esfuerzos y sus éxitos, incluso con sus reveces, lo hicieron los revolucionarios y los luchadores sociales. Precisamente son esas cualidades lo que permiten asegurar que, estratégicamente, el proceso es irreversible. Podrán haber frustraciones tácticas y muchos partos no serán indoloros pero pueden ser asumidos con la certeza de que, aún cuando nada será fácil, tampoco nada será como antes y cada éxito local es un aporte al proceso en su conjunto. Es así como se hace la historia y no de ninguna otra manera. PARTE X Matices y patitos feos que no terminarán siendo cisnes Es visible la poderosa corriente de cambios estructurales que preparada por los intensos procesos políticos de los últimos cincuenta años fluye por América Latina modificando el panorama político, económico y social. Nunca antes hubo tanta coherencia, determinación e independencia en el ejercicio político regional. Como un turbión en la Venezuela bolivariana, la riada se remansa por la feroz resistencia oligárquica en Bolivia, se torna prometedora y sofisticada en Ecuador y asume el perfil de reformas graduales y sustanciales en Brasil, Argentina y Uruguay, adoptando aires renovadores en Centroamérica y compromisos excesivos en Chile. En la tendencia general se perciben ausencias que restan fuerza y coherencia, especialmente las de México y Colombia. Aunque con historias y entornos políticos diferentes, los gobiernos de México y Colombia hacen el papel del “patito feo” aunque, a diferencia de la avecilla, no son inocentes ni terminarán convertidos en bellos cisnes. No habrá final feliz para la oligarquía y la burguesía nacional cooptada, sino todo lo contrario. Son difíciles de resumir las circunstancias que colocaron en la misma orilla, sometidos a Estados Unidos, a México, el país que realizó la primera revolución social del siglo XX, donde más temprano se emprendió el rescate de las riquezas nacionales y donde se abordó con amplias miras el problema agrario, y a Colombia, que a casi doscientos años de su independencia, no ha logrado trascender los esquemas más primitivamente oligárquicos. México que concretó una independencia relativamente temprana, prevaleció sobre la pretensión europea de crear un imperio y sobrevivió al zarpazo con que los gringos lo partieron a la mitad y que en 1910 inició la revolución que llegaría hasta Lázaro Cárdenas bajo cuya dirección el país avanzó hasta colocarse en la vanguardia latinoamericana, se pasmó cuando la democracia, la gobernabilidad y la estabilidad que parecían ser sus mejores conquistas, sirvieron para que la oligarquía trepara hasta el poder y se afincara allí hasta el sol de hoy. Más difícil resulta penetrar en la urdimbre de intereses, mezquindades, fatalismos geográficos, complejos de inferioridad que forman el paradigma de la dependencia y el síndrome neocolonial que llevaron a sucesivos gobiernos mexicanos a distanciarse del entorno latinoamericano, dar la espalda al interés nacional y pactar con Estados Unidos. Para imponer semejante enfoque, la oligarquía y la burguesía mexicanas no han vacilado en girar contra el interés nacional y, mediante el Tratado de Libre Comercio, acordaron con Estados Unidos la entrega de sus mercados nacionales, levantaron todas las defensas que protegían a sus productores, aplicaron el más chato neoliberalismo y, en el plano político retrocedieron a etapas superadas en las que el fraude electoral más burdo ha permitido que estados, localidades e incluso el país, sean gobernados por lideres de dudosa legitimidad, incluso considerados espurios. Aunque tales elementos están presentes también en el país sudamericano, Colombia puede alegar a su favor no haber pasado por las experiencias que México experimentó, entre otras cosas porque su historia política fue virtualmente paralizada en 1948, cuando con el asesinato de Gaitán y la masacre del Bogotazo, se ahogó en sangre una alternativa liberal cercana al interés nacional, ponente de un aliento modernizador de la cosa pública. Del modo más violento que pueda ser imaginado, la oligarquía colombiana decapitó y desmembró el liberalismo de signo nacionalista, convirtiendo al primitivismo político en un estilo de hacer política al que las élites nativas se acomodaron y que incluso mediatizó a la izquierda y a la guerrilla al imponerle agendas sobrepasadas por el pensamiento y la práctica política. De hecho, en términos políticos y estructuralmente hablando, Colombia todavía no ha superado el estéril esquema oligárquico de liberales y conservadores. Aunque no colma todas las aspiraciones ni afronta todos los desafíos y muchas críticas están justificadas por actitudes inconsecuentes, por primera vez en doscientos años, de modo general, en varios países de América Latina, sobre todo los más grandes y de mayor desarrollo, se percibe cierta identificación de los gobiernos con las causas populares. Nunca antes el movimiento político formó una plataforma tan inclusiva y solidaria en la que caben gobiernos, movimientos sociales, organizaciones obreras y populares, partidos de izquierda, militares patrióticos y el clero progresista que, sin todavía llegar a un monolito, forman un frente unitario anti oligárquico con matices antiimperialistas. En ciertos aspectos, al tratar de privatizar el petróleo y las empresas públicas sobrevivientes y aplicar a rajatabla un Tratado de Libre Comercio mal negociado, la burguesía mexicana transita de ida por caminos por donde otros piases vienen de regreso. El claro en las filas motivado por la ausencia de México y Colombia es una carencia, aunque temporal, sensible y que sustrae de la línea general fuerzas decisivas. |