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“Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad.” Joseph Goebbels |
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Socorro, llegan los yanquis! |
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Fuente: rebelion.org
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lunes, 22 de octubre de 2007 |
Por François Soudan * [Jeune afrique]
Traducido por Caty R. [Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala].
La creación del Africom, centro de mando militar
estadounidense destinado al Magreb y al sur del Sahara, suscita vivas
polémicas. Por qué y cómo Washington
intenta enrolar al continente en su guerra contra el terrorismo.
En la web oficial del DOD (Departamento de Defensa estadounidense), con
la firma del United States Africa Command, una oferta de empleo, como
mínimo sorprendente, llama la atención estos
días. “Si usted busca una nueva oportunidad para
su carrera, nosotros le invitamos a unirse a un equipo
histórico. Una estancia en el Africom le ofrecerá
la posibilidad de enriquecer su currículum profesional.
Africom es su oportunidad de cambio para trabajar en una
organización eficaz e imaginativa. Africom, un nuevo estilo
de mando”.
A pocos días de su prelanzamiento, previsto a principios de
octubre en Stuttgart, y a menos de un año de su entrada en
funcionamiento en el continente, el centro de mando militar
estadounidense para África (Africom) recluta. A la cabeza de
esta nueva estructura, cuya creación anunció
George W. Bush el pasado mes de febrero, se ha nombrado al general
afroestadounidense William “Kip” Ward de 58
años, quien espera que esta campaña de
seducción lanzada a sus compatriotas tenga más
éxito que la que lleva a cabo desde hace varios meses, de
capital en capital africana, para encontrar un país de
recepción para su futuro cuartel general.
Aunque quizá este continente es la región del
mundo donde el sentimiento antiestadounidense está menos
pronunciado hoy (sobre todo en la zona subsahariana), hasta ahora
sólo un país ha ofrecido oficialmente sus
servicios: Liberia. Eso sí, en términos de
interés estratégico, logístico y
económico –hay que reconstruirlo todo, o casi- y
sin duda trata de la elección menos interesante para el
Pentágono, que piensa instalar un potente QG (cuartel
general, N. de T.), de entre 400 y 700 hombres, del que
dependerán varios puntos de apoyo dotados con
infraestructuras ubicadas con anterioridad -combustible, municiones,
etcétera-, todo ello según las normas del
ejército de Estados Unidos.
Frente a la trinchera diplomática erigida por
Sudáfrica y en menor medida por Argelia y Libia, el injerto
Africom tiene dificultades para arraigar. Hasta el punto de que el
Pentágono ha tenido que desistir del plazo de febrero de
2008 para finalizar el proceso de selección del
país huésped. Los antiAfricom recibieron a
finales de septiembre un apoyo inesperado del ex presidente del Banco
Mundial, halcón al parecer arrepentido de la
administración Bush, Paul Wolfowitz: “No estoy
convencido de que el Africom, cuya creación me
sorprendió, sea una buena idea”,
explicó. “Puedo comprender perfectamente que los
africanos, que no han olvidado el apoyo que brindamos en el pasado a
dictadores como Mobutu, expresen reticencias en cuanto a la presencia
de soldados estadounidenses en su territorio”. Si se
añaden el escepticismo de Francia y las sospechas de China
-que cree detectar en este proyecto una voluntad de frustrar sus
ambiciones comerciales en el continente-, así como las
protestas de todos los que opinan que el Africom es un medio para
implicar a África en la guerra mundial contra el terrorismo,
tenemos un coro completo. Evidentemente los estadounidenses, que
siempre tienen dificultades para admitir hasta qué punto
llega la impopularidad de su política exterior, no se
esperaban semejante acogida.
Por lo tanto, ¿renunciarán al Africom?
“Totalmente imposible”, responde Washington. Como
prueba está el extenso argumento a favor del proyecto
difundido recientemente por el Pentágono y firmado por la
secretaria adjunta a la Defensa para los Asuntos Africanos, Teresa
Whelan. En el capítulo “Africom, mitos y
realidades”, se puede leer que el ejército
estadounidense no tiene la intención de instalar nuevas
bases permanentes en el continente, que su presencia será
“relativamente modesta y discreta”, que el Africom
incluirá un gran componente civil y humanitario, que la
preocupación de proteger las fuentes de suministro de
energía de Estados Unidos no es fundamental y que el
conjunto del proyecto sólo responde a una
preocupación de racionalización de los distintos
mandos estadounidenses en el mundo. Una pequeña
autocrítica: Whelan admite que el Africom debería
haberse puesto en marcha… antes. Sin embargo, al volver la
página, algunas líneas extraídas de la
hoja de ruta del Africom ponen la mosca tras la oreja: “El US
Africa Command”, se puede leer, “podrá,
en determinadas circunstancias, llevar a cabo operaciones militares con
el fin de rechazar las agresiones y responder a las crisis”.
El diablo siempre se esconde en los detalles…
Realmente, tras la fachada de Peace Corps de la operación,
hay un enfoque más belicista y una intención de
reconvertir el continente en los términos de
información, presencia diplomática (actualmente
Estados Unidos tiene menos embajadas en África que China) y
capacidad de acción militar que conlleva el proyecto
Africom. La visión típica desde septiembre de
2001 ya experimentada -¡con el éxito que todos
conocemos!- en Oriente Próximo, que consiste en vincular
contraterrorismo, preocupación humanitaria y
promoción de la buena gobernanza en un marco
estratégico unificado, sirve de taparrabos a la
continuación y refuerzo de una expansión
militarista evidente desde hace seis años: a la
implantación de una potente base permanente en Yibuti
sucedieron la Pan Sahel Initiative (PSI), las intervenciones de la CIA
en Somalia contra los Tribunales Islámicos (que fracasaron
ostentosamente), la transformación de la Etiopía
del neodictador Meles Zenawi en centro de detención e
interrogatorio de presuntos yihadistas, la instalación de
una potente estación de escucha en Santo Tomé,
las negociaciones de facilidades navales y aéreas con una
docena de países, de Mozambique a Mauritania, y la
construcción de nuevas embajadas bajo las normas de
seguridad establecidas tras el 11 de septiembre.
Todos los programas de formación de los ejércitos
africanos para el mantenimiento de la paz de los años
noventa, dirigidos por instructores estadounidenses, evolucionaron
hacia el entrenamiento de fuerzas especiales antiterroristas. Esta
expansión global así como la necesidad de
proteger los campos de petróleo del Golfo de Guinea (entre
el 15% y el 20% de las importaciones de crudo actuales de EEUU, que
llegarán al 35% en quince años) convirtieron en
un imperativo, a los ojos estrategas del Pentágono, la
instauración de un mando único y
específico para todo el continente, que hasta ahora depende
de tres direcciones diferentes (Eucom, Centcom y Pacom).
Pero ¿África tiene algún
interés en ver a los soldados yanquis campar por sus
respetos en su territorio? Si existe, este interés no puede
ser más que transitorio y puramente económico
para el país que finalmente acepte albergar el Africom, ya
que los demás no ven claros los aspectos de paz y
estabilización ni la garantía de futura
prosperidad que puede representar esta enorme, ostentosa y unilateral
presencia estadounidense. Washington no consultó a nadie
antes de imponer el Africom, se contentó con simples giras
informativas obviamente poco convincentes. Además de que
atraerá a los terroristas más que rechazarlos y
de que toma a África como rehén de una
política exterior como mínimo cuestionable, esta
nueva estructura estará únicamente al servicio de
los intereses de seguridad de Estados Unidos cualquiera que sea la
cobertura semántica (asociación,
concertación, intereses mutuos, etcétera) que se
utilice para conseguir que se trague la píldora.
¿Quién estará después
realmente en condiciones de oponerse a las órdenes del
Africom cuando decida, por ejemplo, enviar una fuerza de
reacción rápida a “limpiar”
el Delta del Níger, o incluso si pretende intervenir contra
regímenes catalogados como hostiles o peligrosos, como
Eritrea, Zimbabue o Sudán?
Seguramente todavía se está a tiempo de limitar
los daños previsibles y exigir, como ha hecho
Sudáfrica, que el puesto de mando Africom se establezca en
Europa y no en el continente. Y aprovechar para recordar una
pretensión elemental de soberanía
desgraciadamente olvidada: el cierre de todas las bases militares en
África, empezando por las francesas, cuya persistencia
parece cada vez más anacrónica. Es lo que
señaló hace algunos días, mezza voce,
en el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York, el Presidente de la
Comisión de la Unión africana Alpha Oumar
Konaré. Pero estaba muy solo. Y sobre todo sin ilusiones.
Texto original en
francés:
http://www.jeuneafrique.com/jeune_afrique/article_jeune_afrique.asp?art_cle=LIN30097ausectneuqr0
* François
Soudan es el director de redacción de Jeune Afrique y
vicepresidente del grupo desde octubre de 1977. Apasionado de
África, de la escritura y la información, es
autor de los libros: Mandela l'indomptable, París 1977;
Kaddafi et la CIA y Le marabout et le colonel, 1992; así
como de miles de artículos, reportajes y entrevistas.
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